A tres kilómetros de la última lengua de arena, ahora ya en medio del mar, se encuentra hundido el faro de Buda. Construido en 1864 en Birmingham, superaba los 53 metros de altura. Era el faro metálico más alto del mundo, y sobrepasaba en 10 metros el que tenía el récord hasta entonces (ubicado en Florida, Estados Unidos). Casi cien años después, en 1961, un temporal lo tumbó. Aparte de ser una historia memorable, nos habla de un hecho muy preocupante. El Delta ha perdido más de 3.000 metros de ancho desde entonces. Y la situación no parece que vaya a mejorar a corto plazo.
Un año en la isla de Buda
La cuarta letra del alfabeto griego, la D, se conoce con el nombre de delta. «En ella pensó Heródoto al contemplar el triángulo arqueado que formaba la desembocadura del Nilo. Además de pensarla, la escribió, D, y sin saberlo, legó su imagen y nombre a la posteridad». Estas líneas pertenecen a las primeras páginas de Delta (Ara Llibres, 2023), un libro que es fruto de, probablemente, la investigación más exhaustiva que se haya realizado sobre el terreno hasta ahora. Su autor, Gabi Martínez, vivió durante todo un año en la isla de Buda. La conclusión a la que llega el lector es que todavía queda una brizna de esperanza en la conservación de los espacios naturales a corto plazo, pero que la respuesta de la naturaleza a la acción humana será, finalmente, imposible de combatir.
Un claro ejemplo de este cambio es, precisamente, la isla de Buda. Hace solo unos años, cinco y medio para ser exactos, la playa se extendía a 150 metros más allá de lo que hoy vemos. El temporal Gloria la hizo retroceder en tan solo unas horas. 3.200 hectáreas de arrozales arrasadas por la violencia del mar. Será, según explica Gabi Martínez, «la primera isla con refugiados climáticos de toda Europa». Pero no solo se trata de la isla, sino de buena parte del Delta. Mientras, su futuro sigue siendo una incógnita. La Generalitat de Catalunya y el Gobierno español siguen dando vueltas a cuál sería la forma más urgente de salvarlo sin que, hasta ahora, se haya desplegado ningún plan de actuación a gran escala con resultados palpables.
Guillermo Borés es uno de los propietarios de la isla de Buda. La compró su bisabuelo, hace más de un siglo, y ahora la gestiona junto con otros hermanos y familiares. Sus principales negocios en Buda son el cultivo del arroz y turismo rural. «Si no se actúa deprisa, nos quedaremos sin isla, sin Delta y sin nada». Su temperamento, a veces irascible, es un reflejo del estrés al que se está viendo sometido el segundo mayor delta de toda Europa. «Antes, la playa del Trabucador medía 800 metros de ancho; ahora no llega ni a los 75».
Borés es un firme partidario de la solución neerlandesa, que consiste en utilizar dragas marinas (barcos capaces de mover grandes cantidades de arena, una especie de excavadoras acuáticas) que cojan arenas del fondo del mar y las recoloquen en la playa. «Es lo que hacen desde hace muchos años en los Países Bajos. Se trata de la solución más rápida, viable y económica». Cuando se le pregunta por qué no se ejecuta, las respuestas van siempre en la misma dirección. «Hay intereses políticos muy fuertes detrás. Lo que quieren es embolsarse el dinero público que les caería si finalmente se aprueba el traslado de sedimentos de los embalses».
Carencia de sedimentos
La vía sedimentaria es la solución en la que coinciden gran parte de las fuentes científicas que han realizado estudios sobre la preservación de la zona. El Delta ha dejado de ganar terreno al mar, argumentan, porque ha dejado de arrastrar una gran cantidad de sedimentos en los últimos años. De los treinta millones cúbicos que transportaba originalmente, ahora tan solo quedan 159.000. Tal como suena. El porqué, según explican, radica en la construcción de los embalses artificiales, que atraen gran parte de estos sedimentos. De este modo, el material que antes llegaba al Mediterráneo y servía para ensanchar la superficie terrestre en el agua ya no está. Así pues, la solución sería que todo volviera a ser como antes.
El principal problema es que no es nada fácil. «Se está buscando, a través de muchos estudios, cómo podría hacerse. No se trata solo de abrir las compuertas. Necesitas un caudal determinado, es decir, una fuerza suficiente que los arrastre hasta el mar», recalca Carles Alcaraz, investigador de aguas marinas y continentales en el Instituto de Investigación y Tecnologías Alimentarias. Según explica durante la entrevista para el reportaje, es una solución que no es sencilla pero sería la única fiable a largo plazo. «Podemos construir muros de contención en el litoral, si queremos. Seguro que eso dura unos años. Pero la solución definitiva debe pasar por hacer que el río vuelva a arrastrar todo lo que ha servido para construir el Delta hasta ahora».
La humanidad ha explotado los deltas de los ríos del mundo durante miles de años. Hasta hace poco, esta coexistencia no había presentado problemas graves. Sin embargo, hoy el escenario es completamente diferente: desde el hundimiento del suelo por la construcción de edificios (con el caso de Venecia como máximo exponente) hasta su desaparición por culpa de las presas que provocan la retención sedimentaria (en el Nilo también ocurre, en este caso por los efectos de la presa de Asuán), pasando por la crecida del nivel del mar provocada por la crisis climática.
Los grandes intereses escondidos
«El porqué no se abren las compuertas de los embalses durante las crecidas del río para ampliar la extensión del delta del Ebro está en los intereses de las grandes empresas hidroeléctricas como Endesa». Josep Juan Segarra es el presidente de la Associació Sediments. Llevan años denunciando los abusos de estas empresas y reclaman que se aplique la solución de los sedimentos de forma urgente para combatir la situación.
Las derivaciones de sedimentos, explica, serían también otra posible solución. Ya se ha hecho en el Llobregat, con los bypass de las salmueras de la minería, utilizando tuberías para trasladar estos sedimentos río abajo. El precio, según Segarra, sería mucho más barato que la utilización de las dragas marinas o la solución neerlandesa. «Según un estudio de la Universidad Politécnica de Cataluña, el coste del vaciado de los embalses sería de tan solo 0,50 euros por metro cúbico de sedimentos. Utilizar las dragas, sin embargo, podría dispararse hasta los 4 euros. El transporte de arena en camiones, una de las pocas acciones que se están llevando a cabo ahora mismo, es aún más caro».


