La historia del Licor 43 comienza con Joaquim Coello, uno de los pioneros de la vela oceánica en España. Este ampurdanés, que se apasionó por la vela en Sant Feliu de Guíxols navegando en un snipe por la Costa Brava, marcó su primer gran éxito con el Gudrun IV, un barco que él mismo diseñó y construyó, y con el que completó en 1978 la Ruta del Ron, la travesía del Atlántico entre Saint-Malo (Francia) y Pointe-à-Pitre (Guadalupe). Fue el primer español en hacerlo.
Este logro lo proyectó como el mejor deportista náutico de 1978, lo que supuso el trampolín hacia un proyecto largamente soñado: construir el primer velero español para participar en la Whitbread Round the World Race, la regata de vuelta al mundo en cuatro etapas. En septiembre de 1981 estaba programada la salida de la tercera edición de la regata, y Coello se puso a trabajar para participar en ella, aunque no lo tenía nada fácil, dada la poca difusión de la vela oceánica en España en ese momento.
Consiguió una beca del Colegio de Ingenieros Navales (un millón de pesetas), realizó pruebas hidrodinámicas en Madrid y logró un hito pionero en España: el apoyo financiero de Licor 43 para construir el barco y participar en la regata. Coello encargó su construcción a los astilleros de la Empresa Nacional Bazán, en Cartagena, que conocía bien por haber trabajado en ella.
El 8 de enero de 1981 se varó el Licor 43, el primer velero oceánico español concebido específicamente para dar la vuelta al mundo y el primer gran proyecto de vela profesional patrocinado en España. Coello, ingeniero naval, diseñó el barco junto a Pedro Morales para resistir: «No había barcos especializados para una regata de vuelta al mundo. Hicimos un barco muy fuerte, de aluminio… pero que terminó siendo demasiado pesado».
Whitbread 1981: la epopeya de las dos roturas de mástil
El Licor 43 zarpó de Portsmouth con una tripulación íntegramente española seleccionada con esmero. «El factor humano era fundamental ―afirma Joaquim―. Después de la primera etapa, al llegar a Ciudad del Cabo vimos claro que no ganaríamos. Mi principal preocupación fue: ¿Cómo motivar? “Acabar la regata cueste lo que cueste”, fue la respuesta».
La segunda etapa, en el temido océano Índico, era el mayor reto. Y ahí empezó el primer capítulo de la epopeya. En un temporal con vientos de 60 nudos y fuerte oleaje, el barco cada vez tenía más tendencia a orzar, hasta que una ola descomunal lo tumbó. «Era de noche y estábamos tres en cubierta. Navegábamos a unos 18-20 nudos, con un trinquetete y un floque con tangón. Al tumbarnos, al chocar contra el agua, el tangón rompió el mástil». Con la botavara como mástil lograron montar un aparato de fortuna y recorrer las 2.300 millas que les separaban de Hobart.
Allí les esperaba un nuevo mástil, que ya tenían acordado con el fabricante como repuesto. Lo instalaron justo a tiempo para salir en la tercera etapa. Sin embargo, a 150 millas del cabo de Hornos, el mástil se volvió a romper. «No había un excesivo viento. Lo que ocurrió es que, al cortar el mástil en cuatro trozos para transportarlo en avión, uno de los puntos de corte coincidía con la caja de las drizas del tangón, una zona propensa a grietas. Yo ya temía algo así, por lo que subía al mástil cada dos días para inspeccionarlo».
Y ahí el segundo capítulo de la hazaña: montaron un segundo aparato de fortuna con la sección superior del mástil; el primer barco español en cruzar el cabo de Hornos en regata lo hizo a cuatro nudos, con un mástil improvisado de 11 metros y un aparato con dos tangones en forma de uve invertida en popa.
Consiguieron llegar a Mar del Plata, donde recogió un nuevo mástil con el que se reincorporaron a la regata y acabaron en Portsmouth en decimonovena posición después de 160 días de navegación.
Hoy por hoy, el Licor 43 es el único monocasco en una vuelta al mundo por etapas que, habiendo sufrido dos roturas de mástil, ha logrado rearmarse dos veces con aparatos de fortuna y completar la regata, un hito extraordinario y único en la historia de la competición oceánica que probablemente jamás será superado.
La semilla de la vela oceánica en España
La vuelta al mundo del Licor 43 marcó un antes y un después en la vela española. Pese a la precariedad de medios, el equipo de Joaquim Coello sembró el camino que seguirían futuros proyectos. La regata hizo escuela y tuvo continuidad. Por citar algunos, Toni Guiu, con 19 años, fue el tripulante más joven, y junto con Jordi Brufau copatronearon en la edición siguiente, de 1985, el Fortuna Lights, segundo barco español en la regata.
La experiencia del Licor 43 fue una novedad cargada de enseñanzas para los proyectos españoles que vinieron después. La avería de la nevera en la primera etapa les obligó a racionar las provisiones e incluso a pescar. Experimentaron por primera vez con alimentos liofilizados y Nandu Muñoz, con la carrera de medicina terminada, creó escuela en el estudio del racionamiento de alimentos y agua, el diseño del botiquín y un manual de primeros auxilios a bordo. Cientos de jóvenes aficionados a la vela se inspiraron en la hazaña, y los medios de comunicación descubrieron la vela oceánica.
Renacimiento en el Báltico
Al Licor 43 se le perdió el rastro. Su estela pareció desvanecerse hasta que resurgió en el mar Báltico. En 1992 fue adquirido por un grupo de navegantes lituanos para participar en la Great Columbus Regatta.
El velero navegó al puerto lituano de Klaipeda para una profunda reforma y, rebautizado como Laisvė (libertad en lituano), se convirtió en el orgullo de la joven república báltica en plena reconstrucción nacional.
Tras cruzar el Atlántico y alcanzar una meritoria cuarta posición, el Laisvė partió un año más tarde en una vuelta al mundo poco convencional: navegar hacia el este, visitando puertos con un objetivo diplomático y emocional: llevar el mensaje de la nueva Lituania libre.
El 23 de diciembre de 1994, el Laisvė volvió a cruzar el cabo de Hornos, trece años después. Esta vez con el aparato completo. Fue la primera vez en la historia de Lituania en la que su bandera ondeaba en el cabo más temido de la navegación.
Una tercera vida: la Ocean Globe Race 2027
Tras años de travesías formativas por los fiordos noruegos y el mar Báltico, el velero quedó varado en tierra en 2004. Durante casi dos décadas, desapareció en el olvido. Hasta que en 2022 Aleksejs Vjuns, un apasionado de la navegación clásica, encontró el casco abandonado en Klaipeda, lo compró y trasladó al puerto letón de Riga.
Hoy, este barco legendario quiere escribir el tercer capítulo de una historia irrepetible: la participación en la Ocean Globe Race, la regata de vuelta al mundo que ha recuperado las esencias de la navegación con los protagonistas de antes y muchos barcos que compitieron en los míticos años 1970 y 1980, demostrando que algunas embarcaciones no envejecen, sino que se transforman en leyenda. Y el Licor 43 es una.


