Revista dedicada a la cultura y al patrimonio marítimos del Mediterráneo, editada desde el Museu Marítim de Barcelona.

El puerto perdido de Barcino

Una búsqueda con más hipótesis que evidencias

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La Barcelona romana no podría entenderse sin su relación con el Mediterráneo. Pero dos mil años después, la ubicación y los detalles de su puerto siguen siendo una de las grandes incógnitas escondidas bajo el subsuelo de la ciudad.

Reproducción de un ancla romana conservada en el Museo Marítimo de Barcelona. Foto: MMB
Reproducción de un ancla romana conservada en el Museo Marítimo de Barcelona. Foto: MMB.

El emplazamiento elegido por los romanos para levantar Barcino no fue casual. La nueva colonia ―modesta en dimensiones, pero estratégica en funciones― debía controlar el territorio entre el Besòs y el Llobregat, además de conectar la costa catalana con las grandes rutas comerciales del Mediterráneo. Durante mucho tiempo, la historiografía la consideró una ciudad secundaria, eclipsada por la monumental Tarraco. Pero las investigaciones académicas y las recientes excavaciones arqueológicas han transformado esta imagen. Hoy, Barcino se concibe como una colonia profundamente vinculada al mar y un puerto que, pese a las incógnitas, habría acogido una actividad comercial intensa.

Un puerto primitivo en Montjuïc

Los romanos no fueron los primeros en realizar operaciones portuarias regulares en la fachada litoral de Barcelona. Mucho antes de que llegaran, los layetanos ―un pueblo íbero establecido desde el siglo V a. C. en la falda del suroeste de Montjuïc― ya habían convertido este lugar de la costa en un punto activo de tráfico comercial: la bahía, protegida por la montaña y la desembocadura del Llobregat, era segura y apta para el fondeo de embarcaciones. Excavaciones arqueológicas han identificado aquí una extensa red de silos excavados en el subsuelo, cerca de la antigua línea de costa. Su capacidad excedía de largo las necesidades de un pequeño poblado íbero, lo que apunta a una función vinculada al comercio marítimo y al almacenamiento de mercancías. Las naves que llegaban a este primer puerto natural eran sobre todo griegas, aunque también transitaban embarcaciones fenicias y púnicas.

Con la fundación de Barcino, hacia finales del siglo I a. C., los romanos siguieron utilizando el espacio portuario de Montjuïc, al menos parcialmente. La presencia de una cantera romana en la vertiente meridional de la montaña hace pensar que el pequeño embarcadero servía para transportar piedra destinada a las obras de la colonia. El descubrimiento de ánforas imperiales vinculadas al comercio del vino también sugiere que este lugar era un punto de concentración y embarque de productos agrícolas antes de exportarlos a otras regiones del Imperio.

Sin embargo, todo indica que no era el principal puerto de la ciudad. Barcino era un asentamiento estratégico y, para un imperio que entendía el Mediterráneo como un mar interior, es difícil imaginar una colonia sin infraestructura marítima propia. Por eso, la mayoría de investigadores sitúan frente al núcleo urbano, donde hoy se encuentra la fachada litoral de Ciutat Vella, un puerto principal destinado al comercio y, probablemente, también a funciones militares. Si esta hipótesis es correcta, el puerto de Barcino habría sido uno de los grandes enclaves marítimos de la costa hispánica.

Barcino, núcleo comercial local

A pesar de unas modestas dimensiones —apenas unas diez hectáreas y pocos miles de habitantes—, Barcino contaba con una actividad económica intensa, dentro y fuera de las murallas: era el centro logístico de un territorio muy productivo en el ámbito agrario y artesanal. En las villas del entorno del Llobregat y del Maresme se producía un vino de gran calidad, que se envasaba en ánforas fabricadas en los talleres locales antes de ser embarcado hacia otros puntos del Mediterráneo; también se exportaba pasta de pescado y ostras. Del exterior, llegaban cerámicas de la Galia, mármoles de Carrara y alimentos procedentes del norte de África, Italia y el sur de la Península.

En la región, solo Tarraco superaba a Barcino en actividad marítima. Capital de la Hispania Citerior, era una ciudad monumental, centro político y administrativo de la provincia, y uno de los principales puertos del Mediterráneo occidental. Sin embargo, Barcino mantenía una intensa actividad comercial y marítima, y ​​su puerto actuaba como un nodo complementario dentro de la red litoral catalana. Las conexiones entre ambas ciudades eran constantes, tanto por mar como por tierra a través de la Vía Augusta. De hecho, mientras Tarraco y otros núcleos romanos entraron en decadencia en los siglos IV y V, la Barcelona romana conservó una notable vitalidad económica y marítima que acabaría reforzando progresivamente su centralidad en el territorio.

Un puerto muy activo frente a la colonia

La zona portuaria de Barcino se habría situado frente a la ciudad, en un litoral predominado por bancos de arena que amortiguaban los temporales de levante y creaban un refugio natural para las embarcaciones, lo que lo convertía en uno de los mejores enclaves marítimos de la costa catalana. La Puerta de Mar de la muralla romana se abría aproximadamente en la actual calle del Regomir, el camino histórico que conducía directamente hacia el mar, poco después de la plaza del Regomir; entonces, con una línea litoral mucho más hacia atrás que la actual, la ciudad se encontraba a tan solo unos 150 metros de la playa.

A ambos lados de la Puerta de Mar se han documentado dos edificios públicos que con probabilidad se correspondían a unas termas portuarias destinadas a los viajeros y comerciantes que llegaban a la ciudad, tal y como se ha constatado en otras poblaciones romanas costeras. Todavía hoy se conservan restos en el entorno del Pati Llimona y del Palacio Vilana-Perles. En este mismo sector también se ha identificado una singular protuberancia de la muralla romana, en forma de fortín, que posiblemente se construyó entre los siglos IV y V para reforzar el control defensivo sobre el área portuaria. De hecho, el puerto de Barcino podría haber tenido también una función militar. En Tarraco se localizó una inscripción que menciona el cargo de praefectus orae maritimae laeetanae, probablemente vinculado al control de la costa layetana, que tendría a Barcino como centro principal. Esta relación refuerza la hipótesis de que la ciudad alojara parte de las tropas encargadas del control marítimo de la región y, en consecuencia, confirmaría la existencia de un auténtico puerto romano.
Sin embargo, la ubicación exacta de este enclave portuario aún no se ha podido determinar con precisión y sigue siendo una de las grandes incógnitas de la Barcelona romana. Todo apunta a que se extendía frente a la fachada marítima de la ciudad antigua, probablemente entre las actuales calles del Regomir y de Montcada, junto a Santa María del Mar. El trazado de la histórica calle de la Argenteria, que salía de la ciudad por el Portal de l’Àngel, en la cara oriental de Barcino, y avanzaba en diagonal hacia el mar, es otro indicio: el recorrido podría corresponder a una antigua vía de acceso a la zona portuaria. En cualquier caso, los investigadores debaten sobre si el puerto ocupaba toda esta extensión o si, por el contrario, se trataba de un espacio más reducido y concentrado.

Tampoco existe consenso sobre su forma exacta. Algunos investigadores consideran que se trataba de un refugio marítimo esencialmente natural, expuesto a los temporales, pero favorecido por la configuración de la costa; otros defienden que disponía de algunas estructuras artificiales —nunca monumentales— destinadas a proteger al fondeador y a facilitar las operaciones. Según esta hipótesis, el puerto de Barcino no habría sido un gran complejo construido como los de otras ciudades del Imperio, sino un enclave natural reforzado con pequeñas escolleras, plataformas de mortero o muros de contención. Los barcos fondearían frente a la ciudad y trasladarían las mercancías hasta tierra con embarcaciones menores. Fuentes clásicas sobre arquitectura marítima, como Vitruvio, describen este tipo de soluciones híbridas, en las que los romanos aprovechaban las formas naturales de la costa y las complementaban con infraestructuras sencillas para garantizar la seguridad de la navegación y el comercio.

Indicios desenterrados del puerto romano

La arqueología podría resolver las incógnitas. Recientemente, varias intervenciones en el subsuelo de Ciutat Vella han puesto al descubierto estructuras situadas a gran profundidad, justo donde en época romana se ubicaba la línea costera. El hallazgo más significativo se produjo entre los años 2013 y 2014 en el paseo de Colom, 9, donde apareció un gran pavimento de piedra fragmentado y desplazado por la acción del mar. La estructura podría ser un dique marítimo destinado a proteger las embarcaciones que fondeaban frente a la ciudad. Sin embargo, la intervención no permitió excavar toda su extensión, ya que parte del pavimento continúa bajo el edificio adyacente.

Unos años antes, en 2011, una excavación en la calle Ample, 46, había identificado un gran muro construido con bloques de piedra que podría corresponder a los cimientos de una infraestructura vinculada a la actividad portuaria. Y en 2017, en la calle de la Mercè, 17-19, se localizó una plataforma de piedra y mortero de cal muy similar a pavimentos descubiertos en otros puertos del Mediterráneo, lo que ha llevado a algunos investigadores a relacionarla con un posible espigón costero. Paralelamente, intervenciones en el entorno de la Estación de França han localizado estratos romanos con abundantes fragmentos de ánforas y sedimentos marinos, indicios que refuerzan la hipótesis de la existencia de un área de anclaje en este sector de la ciudad.

Pese a estos hallazgos puntuales, dos mil años después de la fundación de Barcino, su puerto sigue siendo una de las grandes incógnitas enterradas bajo Barcelona. Las constantes transformaciones del litoral, la expansión urbana y la superposición de siglos de historia han borrado buena parte de las evidencias visibles de aquel primer enclave marítimo, hoy convertido en una de las principales infraestructuras logísticas de Europa. Ahora bien, los restos arqueológicos y las fuentes históricas dibujan cada vez con mayor claridad la silueta de una ciudad profundamente marítima desde sus orígenes. Quizá el gran puerto romano de Barcino aún no haya aparecido de forma definitiva, pero todo indica que sigue oculto bajo las calles de Ciutat Vella, esperando que futuras excavaciones lo redescubran.

Ánforas romanas del tipo Haltern 70, Dressel 7 y Dressel 14. Foto: Fondo MMB.

Un giro de 90 grados en la historia de Barcino

Los hallazgos arqueológicos siguen cambiando lo que conocemos de los orígenes de Barcelona. En febrero de 2026, el descubrimiento de un pavimento monumental en el subsuelo del Gòtic modificó de forma decisiva la interpretación del foro de Barcino. Esta estructura demostraba que el centro cívico de la ciudad no se orientaba en paralelo al cardo, sino con la otra calle principal de la ciudad, el decumanus. El descubrimiento implica un giro de 90° en la reconstrucción del urbanismo romano de Barcelona, ​​que obliga así a replantear no solo la disposición del foro, sino también la relación entre los principales edificios públicos —incluido el posible templo de Augusto— y el eje mar-montaña de la ciudad romana.

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Estructura del paseo de Colom, 9. Foto: Jordi Petit, arqueólogo e historiador.

La transformación de la costa barcelonesa

La línea costera de Barcelona ha cambiado radicalmente desde la época romana. Cuando se fundó Barcino, el mar llegaba casi hasta las murallas de la ciudad, situada junto a una playa natural protegida por bancos de arena y flanqueada por humedales. Durante siglos, los sedimentos aportados por los ríos Besòs y Llobregat fueron haciendo avanzar la costa hacia el mar. En la Edad Media se construyeron los primeros muelles artificiales y, con la industrialización de los siglos XIX y XX, el litoral se transformó por completo con puertos, espigones y nuevas infraestructuras. Las playas actuales son, en gran medida, una creación contemporánea.

Infografia: Carles Javierre.
Infografia: Carles Javierre.

Entrevista a Josep Pujades, jefe del Servicio de Arqueología de Barcelona

«Sabemos que el puerto romano existió, pero no sabemos dónde está.»

¿Qué sabemos del puerto de Barcino?

Seguro que existió, pero no sabemos dónde está. Han aparecido estructuras que apoyan esta hipótesis, pero no se ha encontrado. Hay quien dice que estaba en la zona de Correos, otros se decantan por la Llotja y algunos van aún más lejos, a Santa María del Mar. No nos pongamos nerviosos, lo que intentamos es interpretar y entender lo que encontramos y, con mucha paciencia, juntamos las piezas.

¿Puede acabar apareciendo?

Con el tiempo, al igual que hemos descubierto que el foro romano estaba reorientado, podríamos encontrar los restos del puerto. Lo tenemos que trabajar paulatinamente y ya está, así de simple es nuestro trabajo.

¿Se deberían realizar más excavaciones?

No podemos desmontar Ciutat Vella para excavar lo que hay debajo, no es factible y no tiene sentido. Si en un local se tiene que hacer una obra, estaremos. Pero la ciudad es lo primero, vive gente y hay que poder seguir viviendo en ella.

¿Qué importante es la arqueología para entender la antigua Barcelona?

La arqueología nos rebate teorías de años y años. La evidencia física es la que predomina, es la que prevalece.

Josep Pujades. Foto: Servicio de Prensa del Servicio de Arqueología de Barcelona.
Josep Pujades. Foto: Servicio de Prensa del Servicio de Arqueología de Barcelona.
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