Revista dedicada a la cultura y al patrimonio marítimos del Mediterráneo, editada desde el Museu Marítim de Barcelona.

El jabegote

Eco, memoria y trabajo en el rebalaje malagueño

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El cante de jabegotes, que los moradores de la playa —marengos o jabegotes— solían interpretar en algunas de las faenas relacionadas con la barca de jábega, es una pieza de valor incalculable. Aquí tratamos de reconocer su historia y sus valores.

Cante de jabegotas, con Miguel López Castro. Foto: Fondo Miguel López Castro.
Cante de jabegotas, con Miguel López Castro. Foto: Fondo Miguel López Castro.

El jabegote: raíces de un fandango indómito y fronterizo

El litoral malagueño no se puede comprender únicamente a través de su fisonomía geográfica o su desarrollo urbanístico, su verdadera esencia reside en el perfil de sus barcas de jábega y en el eco de hombres y mujeres que, durante siglos, hicieron de la arena su hogar, su sustento y su escenario vital. En el litoral malagueño nació una de las joyas más singulares y, a menudo, más desconocidas del patrimonio inmaterial de nuestra tierra: el cante de jabegotes.

Este cante, que los moradores de la playa —conocidos popularmente como marengos o jabegotes— entonaban en las faenas diarias, es una pieza de un valor incalculable. En estas líneas, trato de reconocer su historia, sus valores y ese hilo invisible que une la madera centenaria de una barca tan emblemática como la María del Carmen con la voz bravía y desgarrada de quienes la habitaron.

El jabegote es, desde un punto de vista técnico y musicológico, un fandango abandolao. Para entender su naturaleza, debemos mirar hacia el verdial, el referente más antiguo y telúrico del folclore malagueño, del que parten casi todos los fandangos de la provincia.

Sobre sus antecedentes musicales, además del verdial, yo mismo he defendido en diversas publicaciones, y que a menudo se pasa por alto, su parentesco con la playera. Tradicionalmente, la historiografía flamenca ha vinculado la playera casi exclusivamente con la configuración de la seguiriya, basándose en una supuesta conexión semántica con la plañidera, debido a su carga emocional de dolor profundo.

Sin embargo, mi tesis —reforzada por años de observación y estudio del entorno marengo— es que existieron dos caminos distintos para la playera: una que derivó en la profundidad trágica y casi litúrgica de la seguiriya flamenca y otra, más luminosa, rítmica y vinculada estrictamente al oficio costero, que influyó directamente en el cante de jabegotes. Al fin y al cabo, etimológicamente, playera procede directamente de playa. No es una hipótesis vacía; si acudimos al testimonio del viajero polaco Carlos Dembowski, quien visitó nuestras costas entre 1830 y 1840, encontramos relatos fascinantes. Dembowski describe escenas en las arenas de Málaga donde hombres y mujeres cantaban coplas de playeras acompañadas de guitarras y palmoteos rítmicos, bailando por parejas en las noches de verano. Aquellas escenas no eran seguiriyas; eran el antecedente vivo de lo que hoy conocemos como jabegote.

Incluso a finales del siglo XIX, encontramos pruebas de esta dualidad en la obra La playera, op. 737 de Óscar de la Cinna. En esta pieza, integrada en la colección Brisas de España, la métrica y la voz cantante corresponden a una malagueña primitiva: cuartetas octosílabas, muy alejadas de las seguidillas castellanas que articulan las seguiriyas. Esta distinción es fundamental para devolverle al jabegote su lugar como cante de raíz malagueña y marinera, desvinculándolo de etiquetas que no le corresponden.

La supervivencia de un estilo: del Niño de las Moras a la grabación

Antes de que la industria discográfica lo etiquetara oficialmente como jabegote, este cante era conocido de forma sencilla y humilde como cante de marengos o cantos de los pescadores. Su supervivencia hasta nuestros días se la debemos a figuras que actuaron como guardianes de la tradición oral en una época en la que el flamenco comenzaba a profesionalizarse y alejarse de sus raíces funcionales. El personaje más crucial en este proceso fue, sin duda, Juan Ternero, conocido artísticamente como el Niño de las Moras.

Este cantaor, figura mítica de la barriada de El Palo, fue el puente entre la playa virgen y los escenarios de la capital. Él no solo conservó el estilo, sino que lo dotó de una dignidad artística que permitió su transmisión a las siguientes generaciones de cantaores locales. Aunque se grabó en 1953 bajo la denominación de fandango nuevo en la voz de Juan Varea, fue su magisterio el que permitió que figuras malagueñas como Antonio de Canillas y Cándido de Málaga lo llevaran al microsurco. Fue Cándido quien, en 1963, en el emblemático disco Sabor en Málaga, lo registró por primera vez con el nombre de cante de jabegotes, fijando así su denominación técnica para la posteridad.

El mito del cante en el trabajo: una corrección etnográfica

A menudo, la literatura romántica y los observadores externos han dibujado al pescador cantando mientras realiza las tareas más pesadas del oficio. Se ha dicho, de forma casi poética, que el jabegote sonaba mientras los hombres tiraban de la traya para sacar el copo de la red de jábega, o bien mientras remaban con fuerza contra el oleaje de un temporal. Sin embargo, la realidad física del trabajo en la mar es mucho más contundente y deja poco espacio para la lírica en los momentos de esfuerzo máximo.

He tirado de la traya en innumerables ocasiones como parte de mi investigación y compromiso con esta cultura. En esos momentos, el cuerpo está entregado totalmente al esfuerzo anaeróbico; el aire falta, los pulmones queman y el corazón late con tal fuerza que es físicamente imposible mantener la afinación, el temple y el control diafragmático que exige un jabegote de calidad. Incluso he realizado experimentos personales grabados: remando en una barca de jábega intenté cantar. El resultado fue que tuve que soltar el remo para poder emitir los tercios del cante mientras mis compañeros seguían con la labor. De lo contrario, el jabegote resultaba inaceptable, entrecortado y carente de la fuerza necesaria.

¿Cuándo sonaba entonces este cante? El jabegote es un canto de pausa, de labor manual artesana, no de esfuerzo bruto. Sonaba principalmente durante el sotarraje, ese tiempo pausado y casi meditativo en el que los marengos y las marengas, sentados sobre la arena a la sombra de la barca varada, cosían y remendaban las redes con sus agujas de madera. También sonaba en la voz del cenachero, el pregonero que, con los cenachos cargados de boquerones o sardinas recién sacados del copo, recorría las calles de Málaga. Esa tarea de caminar rítmicamente y pregonar sí permite la concentración necesaria para ejecutar las florituras y la potencia del jabegote. El cante era el compañero de la labor artesana y de la venta, el alivio de la tarea monótona, no el ritmo del tirón de la red.  

La María del Carmen: un siglo de historia y cohesión social

Si el cante es el alma de esta cultura, la barca es su cuerpo material. La María del Carmen cumple ahora cien años, un siglo de existencia que la convierte en un símbolo vivo y en un testigo mudo de la transformación de Málaga. Para entender su importancia, debemos trasladarnos a los años treinta del siglo pasado. En aquella época, solo en la barriada de El Palo, existían alrededor de cuarenta barcas de jábega en activo, cada una con su propio nombre, su propia historia y su propia personalidad.

M.ª del Carmen salió al ardá / a pescar los boquerones / y trajo las redes llenas / de cultura de jabegotes.

Cada barca no era solo una propiedad privada de un patrón; era un núcleo dinamizador de la vida económica, social y relacional. De cada embarcación dependían directamente entre nueve y doce familias, lo que suponía que una parte inmensa del barrio estaba vinculada emocionalmente a la madera de un barco. La vinculación de los jabegotes con su barca era de una lealtad que hoy nos costaría comprender. La identidad de un vecino no se establecía por su apellido, su nivel de estudios o la calle de residencia, sino por su pertenencia a una tripulación específica. La pregunta habitual para situar a alguien en el mapa social del barrio era: «¿Tú de qué barca eres?».

La barca era una empresa, una cooperativa de supervivencia y un centro social al mismo tiempo. Existían rituales de cohesión que hoy nos resultan fascinantes y que refuerzan la idea de comunidad, como el de igualar la barca. Este ritual consistía en que un peluquero acudía a la misma orilla del mar, junto a la barca varada, y realizaba exactamente el mismo corte de pelo a todos los miembros de la tripulación. Este gesto, más allá de la estética o la higiene, era una declaración de igualdad absoluta y pertenencia grupal. Todos bajo el mismo patrón, todos compartiendo el mismo riesgo en la mar, todos iguales ante la suerte del copo.

Ética y solidaridad: la garfa y la justicia del rebalaje

La vida en torno a la jábega estaba regida por leyes no escritas de una solidaridad profunda y necesaria. En un contexto de subsistencia extrema, el reparto del pescado no era solo una transacción comercial, sino un acto de justicia social comunitaria. Una de las tradiciones más hermosas y éticamente potentes era la de la garfa. Se trataba de una recompensa de solidaridad, una porción de pescado que el patrón otorgaba no solo a los trabajadores que habían sudado en la faena, sino también a aquellos vecinos que ayudaban momentáneamente, a las viudas del barrio o a quienes simplemente estaban allí pasando necesidad y pedían «la garfa» con humildad.

Tiré temprano del copo / y me dieron mi garfa / mi madre estará contenta / hoy tiene algo que cocinar.

Este carácter solidario dependía en gran medida de la ética y la personalidad del patrón de la barca. En mi propia familia, los recuerdos de mi abuelo, Luis, el Nueve Doble, están llenos de estas historias de generosidad espontánea. Las mujeres mayores del barrio todavía exclaman al recordarlo: «¡Cuánta hambre ha quitado en la calle Olivar la barca de tu abuelo!». Esa misma generosidad se atribuía a otros patrones legendarios que hoy son nombres de calles o leyendas locales, como Matías Rodríguez, de la barca La Jopo. Eran figuras de autoridad, pero también de protección para la comunidad en tiempos en los que no existían redes de seguridad social estatales.

El léxico del mar: guardián de palabras en peligro de extinción

El jabegote ha actuado también, quizás de forma inconsciente, como un archivo filológico de incalculable valor para nuestro litoral. Por medio de sus letras, se han preservado términos técnicos y expresiones populares que el malagueño urbano contemporáneo ha olvidado casi por completo.

Un ejemplo maravilloso de esta poesía popular nacida de la observación directa es la expresión te ríes más que la laja. La laja es un arrecife o piedra plana que apenas sobresale de la superficie cerca de la orilla. Cuando el mar está en calma pero hay un leve movimiento de fondo, el agua rompe constantemente sobre la piedra y crea una espuma blanca que parece una dentadura sonriente que nunca se apaga. Una observación del entorno natural que ningún poeta de academia podría mejorar.

Del mismo modo, la expresión hacer la cala del hueso ha quedado inmortalizada en el cante. Se refiere a aquel que elude su responsabilidad, que desaparece cuando llega el momento del trabajo más duro o, lo que es peor en la ética marenga, cuando llega el momento de saldar deudas o pagar los jornales.

Cuando tocaba pagar / hiciste la cala el hueso / no me voy a preocupar / en la barca te veo luego.

Preservación y proyección futura

Retos e iniciativas para garantizar la continuidad de este legado en el contexto actual

El cante está hoy salvado del olvido o de la invisibilidad por falta de identificación clara como estilo flamenco, al menos en Málaga, reconocido como uno de los fandangos abandolaos más antiguos y como uno de los que requieren más fuerza y alma en su interpretación

En estos últimos años, surge el interés por el cante en Málaga y, a raíz de la publicación de la biografía del Niño de las Moras (Miguel López y Manuel Ternero, 1997), se han creado un buen número de letras o coplas para jabegotes que recogen la riqueza de la cultura de los pescadores malagueños. Incluso se ha publicado un librito que cuenta ya con tres ediciones dedicado exclusivamente a letras de jabegotes (Pepe Espejo, 2002), o también las coplas de Marivi Verdú, Carmen Aguirre, Luis Utrera Madroñero y otros letristas de Málaga, además de las coplas que los escolares compusieron en el I Concurso Nacional de Letras de Jabegotes para Escolares que organizó la Asociación de Vecinos y Vecinas de El Palo. El cante de jabegotes también ha sido parte del currículum escolar en Málaga, con la creación de materiales didácticos para la escuela.

En el ámbito de las celebraciones, el cante ha sido también rescatado para estar presente. Uno de los que en los últimos años se vinieron realizando en el que estaba presente el cante ha sido los bautismos de mar. Otra actividad interesante que recurre al cante de jabegotes para dar brillantez al evento es la celebración del solsticio de verano en el 21 de junio.

Solsticio tan generoso / con la magia de los poemas / música de caracolas / cantes de jabegote / remando contra las olas.

Otra actividad en la que se canta jabegotes es la conmemoración del hundimiento del C3, un submarino de la República. También otras asociaciones que conmemoran los trágicos acontecimientos de la Desbandá editaron un disco con poemas dedicados a este tema, no faltó el flamenco y yo grabé un tema en este disco cantando jabegotes.

Serpenteaba la muerte / En carretera de Almería / Y el agua de levante fuerte / Lluvia de balas nos traía / Que los barcos escupían Desbandá.

El autor, sacando el vaso. Foto: Fondo Miguel López Castro.
El autor, sacando el copo. Foto: Fondo Miguel López Castro.
Apenas recogido el vaso, entre la nube de escamas que sueltan los peces es el momento de apretar su garfá. Foto: Hondo Miguel López Castro.
Apenas recogido el copo, entre la nube de escamas que sueltan los peces es el momento de cosechar su garfa. Foto: Fondo Miguel López Castro.

El eco que resiste a orillas del siglo XXI

Mantener vivo el jabegote, explicar sus letras a los jóvenes, proteger la madera de barcas como la María del Carmen y honrar la historia de los marengos de El Palo y Pedregalejo es garantizar que el eco de nuestra identidad no se apague en el rebalaje de la historia.

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES CONSULTADAS

  • Dembowski, Carlos (1841). Dos años en España y Portugal durante la guerra civil. París: Gosselin. (Referencia fundamental para la descripción histórica de las playeras).
  • López Castro, Miguel. El jabegote: el litoral del cante. Málaga: Asociación de Amigos de la Barca de Jábega. (Estudio etnográfico y musical de referencia).
  • López Castro, Miguel y Ternero Lupiañez, Manuel (1997). El Niño de las Moras: entre la mar y el campo. Ayuntamiento de Málaga.
  • Rossy, Hipólito (1966). Teoría del cante flamenco. Barcelona: CREDSA. (Análisis de las estructuras métricas y musicales de los cantes primitivos).
  • Núñez, Faustino. América en el flamenco. Madrid. (Estudio sobre las influencias rítmicas transatlánticas en los fandangos malagueños).
  • Archivo Sonoro de la Peña Juan Breva. Registros históricos de cantaores malagueños y estilos de cante abandolao.
  • Testimonios orales y escritos en la revista El Copo de los Marengos de El Palo y Pedregalejo, recopilados durante décadas de convivencia y estudio en el litoral malagueño.
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