Revista dedicada a la cultura y al patrimonio marítimos del Mediterráneo, editada desde el Museu Marítim de Barcelona.

Josefina Castellví i Piulachs (1935-2026)

La primera mujer en liderar una expedición científica a la Antártida

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Josefina Castellví i Piulachs, bióloga y oceanógrafa barcelonesa, fue la primera mujer en dirigir una expedición científica a la Antártida y una pionera de la investigación en microbiología marina.

El 2 de febrero de 2026 Barcelona se despedía de Josefina Castellví i Piulachs (Barcelona, ​​1935-2026), vecina de la ciudad durante noventa años y una científica reconocida especialmente por ser la primera mujer en dirigir una expedición científica a la Antártida.

Bióloga y oceanóloga, Pepita, que era como la solían llamar, dedicó su vida a la ciencia y a la investigación, publicó más de setenta trabajos científicos y fue reconocida con algunas de las máximas distinciones, entre ellas la Creu de Sant Jordi en 2003 y la Medalla de Oro de la Generalitat. El continente blanco la marcó tanto que ella misma aseguraba que su vida estaba dividida en dos, la de antes de la Antártida y la de después.

Origen y estudios

Josefina Castellví, de joven, en un laboratorio del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona. Foto: Wikimedia Commons.
Josefina Castellví, de joven, en un laboratorio del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona. Foto: Wikimedia Commons.

Josefina Castellví i Piulachs nació en L’Eixample de Barcelona en 1935, barrio en el que vivió toda su vida excepto las temporadas que pasó en la otra punta del mundo. Hija de un doctor y de un ama de casa, en más de una entrevista la científica explicaba que su devoción hacia la naturaleza nace en el transcurso de su infancia, durante las vacaciones de verano en Castelldefels: «Yo me he criado empapada en el Mediterráneo, y mi gran distracción en verano era la pesca y la playa», decía en una entrevista en Els matins de TV3 en 2013. Esta curiosidad hacia la naturaleza y unos padres empeñados en que su hija estudiara hicieron que Castellví se licenciara en Ciencias Biológicas en la Universidad de Barcelona en 1957. Justo después se marchó becada a la Sorbona de París para especializarse en bacteriología marina, disciplina que no se impartía en el Estado. A su regreso, Castellví se doctoró en la UB en 1969 y empezó a ejercer de becaria en el Instituto de Investigaciones Pesqueras, actual Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (ICM-CSIC), donde, pese a las reticencias de algunos hombres que no aceptaban la presencia femenina, ella empezaría a participar en expediciones oceanográficas.

Llegada a la Antártida

En el ICM, Josefina Castellví coincidió con Antoni Ballester, oceanógrafo y químico que llevaba dos décadas reclamando a las autoridades españolas la participación del país en las expediciones científicas a la Antártida. A pesar de las negativas del sector político, Ballester fue tejiendo contactos con investigadores de otros países para avanzar en lo que estaba convencido de que sería la futura base española en el extremo sur del planeta. En 1984, Ballester, Castellví y la también científica Marta Estrada lograron realizar la primera expedición a la Antártida como invitados de la campaña argentina. Aquel viaje marcaría para siempre la trayectoria de Pepita, que a partir de ese momento orientaría sus investigaciones hacia el continente helado.

El apoyo político no llegaría hasta los años ochenta, a raíz de la renovación del Tratado Antártico, cuando España mostró su interés por formar parte del mismo. Con ese objetivo, las instituciones impulsaron el proyecto científico antártico, que Ballester dirigió y al que incorporó a Castellví. «Mujer y joven, no me hacía caso nadie hasta que tú confiaste en mí», recordaría más tarde la científica.

En diciembre de 1986, Antoni Ballester, Josefina Castellví, Joan Rovira y Agustí Julià viajaron a la isla Livingston para estudiar el terreno en el que se instalaría la futura base antártica española. Con recursos muy limitados y la ayuda de científicos polacos, un año después la Base Antártica Española (BAE) Juan Carlos I se convertía en una realidad. Desafortunadamente, en la primavera de 1988, meses después de su inauguración, Ballester sufriría un derrame cerebral que le obligaría a retirarse del proyecto. Ante la pérdida del líder, Josefina Castellví es quien toma el relevo de la dirección, y se convertirá en la primera mujer de la historia en dirigir una base científica antártica, cargo que ocupó entre 1989 y 1995. No fue una tarea fácil, ya que la realidad era que, detrás de la Campaña Antártica Española, estaba ella realizando todas las tareas. Expediciones, logística, el mantenimiento de la base o la compra en el supermercado para subsistir los tres meses que duraba la expedición eran tareas que gestionaba prácticamente sola.

Entre 1994 y 1995, una vez finalizadas sus expediciones antárticas, Josefina llegaría a dirigir el Instituto de Ciencias del Mar. Poco después, en el año 2000, se jubiló, aunque continuó vinculada durante muchos años a la difusión y defensa del medio ambiente y el continente antártico.

Antoni Ballester, una amistad especial

Aunque en las expediciones no contara con su Antonio, Pepita recordó en más de una ocasión que si ella había logrado ir a la Antártida era gracias a él. En 2013 Josefina regresó a la Antártida para grabar el documental Los recuerdos de hielo, dirigido por Albert Solé, un cortometraje que conmemoraba los 25 años de la BAE. Llevaba dieciocho años sin ir. El filme combina las imágenes del viaje a la región polar austral con otras que la científica pudo grabar durante las excursiones anteriores al continente helado. La voz en off que conduce el hilo del documental es Josefina hablándole a Ballester, en una carta abierta llena de gratitud, nostalgia y mucha emoción. La película tiene secuencias de los dos científicos juntos, con ella paseándolo en su silla de ruedas por las calles de Barcelona, ​​leyéndole poesía o hablando por teléfono una vez ella está en la otra punta del mundo. Juntos recuerdan los tiempos pasados, dolidos por lo que han dejado atrás pero satisfechos de todavía tenerse el uno al otro. Una relación de respeto y admiración mutuos prolongada a lo largo de más de tres décadas.

Una mujer heroica

Con el paso de los años tendemos a normalizar esfuerzos históricos que, si nos detenemos a pensarlo dos segundos, son realmente extraordinarios y verdaderos ejemplos de valentía. El caso de Pepita es uno de ellos. Josefina Castellví viajó hasta la Antártida en más de diez ocasiones, la mayoría de ellas para pasar más de tres meses. Cada vez que se producía la expedición, debía ir hasta el sur de América, a Chile o a Argentina, desde donde tomaba un barco que atravesaba el llamado pasaje de Drake, el tramo marítimo que separa el continente americano de la Antártida, y que se ha ganado la fama de tener una de las aguas más movidas del mundo. La travesía de 1991 a bordo del barco Heweliusz fue como «estar dentro de una coctelera agitada por una mano gigante», relataba en el libro Yo he vivido en la Antártida, escrito por Castellví en 1995 y donde comparte su experiencia en el continente helado. Si solo para llegar a la Antártida ya debía pasarse por momentos angustiosos, la vida allí tampoco era siempre agradecida. En la obra, Castellví comparte momentos peligrosos en los que su vida y la de sus compañeros podía haberse visto amenazada. Desde navegar rodeada de ballenas que con un simple coletazo les hubieran hecho naufragar hasta dirigirse con una lancha bajo la gruta de un iceberg y que este se desplomara poco después de ellos haber salido. En el libro confiesa que, antes de cada expedición, ella se anticipaba a la tragedia dejando en lugares visibles «todo lo que he creído que los míos [mis familiares] necesitarían si yo no volvía». Con todo, Castellví se enfadaría si le dijéramos que no sufrir ningún accidente fue cuestión de suerte, ya que en una de las últimas entrevistas que dio, en el programa Noms propis de La 2 en 2016, aseguraba que los equipos «trabajamos mucho para tener suerte», y que muchas expediciones se suspendían si no se garantizaba su seguridad.

A pesar de las adversidades, Castellví también demuestra tanto en el libro como en el documental que poseía un gran sentido del humor. Una escena de la película sigue a Pepita en la revisión médica a la que tuvo que someterse antes de viajar hasta la Antártida. Cuando el doctor le pregunta si hace deporte, ella responde muy seria «no sé si se le puede llamar deporte, pero tengo un jardín muy grande». Una vez ya en la Antártida, ella y otro compañero hacen una videollamada con un centro escolar para hablar de su estancia en el polo sur. Al presentarse a los niños, ella aborda su edad de forma irónica: «os extrañará ver a una abuela con canas en la Antártida, pero hace juego con el blanco del hielo».

Legado científico y humano

A Josefina Castellví no le gustaba que la reconocieran como pionera porque creía que era invalidar a los exploradores que habían llegado a la Antártida antes que ella. Tampoco se definía como aventurera, simplemente creía que su trabajo le había obligado a moverse. Aun así, la barcelonesa sí se reconocía como una persona que abría puertas: a las mujeres que después de ella entraron en el Instituto de Ciencias del Mar y a los investigadores que recibirían un apoyo institucional del que su equipo careció cuando pusieron en marcha las exploraciones en el continente helado.

Por lo tanto, Josefina Castellví no solo deja un legado científico inmenso, que comprende más de setenta publicaciones, sino que la humanidad y la ética con la que regía su trabajo científico es también una valiosa herencia. Valentí Sellarès, actual director del Instituto de Ciencias del Mar, recordándola dijo de ella que había demostrado que la búsqueda de calidad «requiere determinación y una visión humanista que ella supo transmitir hasta el último momento». A lo largo de los años, artistas y fotógrafos le pidieron poder acompañarla a la Antártida, propuestas que ella siempre rechazó porque consideraba que al continente se iba a trabajar, no a pasearse.

Era tanta su apreciación y respeto hacia el entorno natural que en el libro confiesa que «en cada nueva expedición temía que mi sensibilidad ante la belleza de la Antártida se hubiera dormido», lo que pone de manifiesto todo el miedo que le daba normalizar un paisaje que, según ella, era «tierra de nadie y un patrimonio de todos».

Afirmar que Josefina Castellví dedicó su vida a la ciencia no es atrevido, ella misma reflexiona en su documental sobre este hecho: «A menudo me cuestiono para qué sirve todo este gran esfuerzo de investigación científica; supongo que es tanto como cuestionarme para qué sirve mi vida». En alguna entrevista, cuando le preguntaban si había sacrificado algo en su vida por su trabajo, ella decía que no. En la misma entrevista de La 2, cuando ya tenía 81 años, dijo: «Yo no he hecho ningún sacrificio, ninguno. Me lo he preguntado muchas veces, a qué he tenido que renunciar, y no he renunciado a nada. Supongo que eso lo dicen porque ahora vivo sola, no tengo marido y no tengo hijos. […] Durante diez años, cuando me iba, la última llamada era a mi hermana, para decirle: “escúchame, hasta dentro de cuatro meses no sabrás nada de mí, estate tranquila”. Quería ir libre de cadenas, de obstáculos, de ataduras que me hicieran pensar en el aquí. Y no me ha ido mal, yo he disfrutado mucho».

Una mujer satisfecha con el camino que había tomado su vida, aunque este no respondiera a lo que los demás hubieran podido esperar. La conclusión queda clara: «Con toda seguridad puedo decir que yo he vivido en la Antártida. Y me siento capaz de alimentarme de sus recuerdos para el resto de mi vida».

Ilustración de Josefina Castellví. Autora: Alicia Caboblanco.
Ilustración de Josefina Castellví. Autora: Alicia Caboblanco.

Los recuerdos de hielo

El documental Los recuerdos de hielo, dirigido por Albert Solé y estrenado en 2013 (Sense ficció, TV3), sigue el regreso de Josefina Castellví a la Antártida después de veinte años sin pisarla. Durante este viaje, la científica afronta recuerdos y emociones del pasado, en lo que se convierte en una despedida definitiva de un lugar que durante años se convirtió en su segunda casa.

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Imagen del reportaje Los recuerdos de hielo. Foto: TV3.

Los reconocimientos

Josefina Castellví i Piulachs ha recibido múltiples distinciones y premios, entre los que destacan la Medalla de Oro de la Ciudad de Barcelona (1994), la Creu de Sant Jordi (2003), el Premio Nacional de Cultura (2013), la Medalla de Oro de la Generalitat de Catalunya (2021), el Premio Catalán del Año de El Periódico (2013), la Medalla Narcís Monturiol (1994), el Premio de Medio Ambiente del Institut d’Estudis Catalans (2006), así como el hecho de dar nombre a la biblioteca del Bon Pastor de Barcelona.

Josefina Castellví recibiendo la Creu de Sant Jordi, en 2003. Foto: Archivo Josefina Castellví / Wikimedia Commons.
Josefina Castellví recibiendo la Creu de Sant Jordi, en 2003. Foto: Archivo Josefina Castellví / Wikimedia Commons.
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