Revista dedicada a la cultura y al patrimonio marítimos del Mediterráneo, editada desde el Museu Marítim de Barcelona.

El mar Mediterráneo, crisol y encrucijada

Claves geopolíticas de un espacio central en el orden global

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El Mediterráneo es un mar casi cerrado, pero de considerables dimensiones: unos 2,5 millones de kilómetros cuadrados y una longitud máxima de unos 4.000 kilómetros. A lo largo de este artículo iremos constatando su relevancia geopolítica. Vale la pena empezar recordando que sus costas no son ajenas a la tendencia global de acumular población en las zonas litorales.

Sea cual sea la definición de litoral que adoptemos, la población que vive en la orilla mediterránea supera ya los 200 millones de habitantes, a lo que cabe añadir otro elemento demográfico destacado: el Mediterráneo es un destino turístico privilegiado, con un volumen de visitantes que, año tras año, duplica al de sus residentes permanentes. Del mismo modo, todos los años navegan por él unos 220.000 barcos que transportan unas 650.000 toneladas de crudo, además de otras mercancías. En el capítulo de los inconvenientes, el hecho de ser un mar casi cerrado, combinado con este intenso tráfico marítimo (lavado de tanques, vertidos accidentales) y otros factores ―como la proliferación de algas nocivas o de especies invasoras― genera problemas de contaminación especialmente graves, en proporciones superiores a los de otros mares abiertos. Todo ello constituye una buena introducción. A continuación, vamos a abordar un análisis con un enfoque más estrictamente geopolítico.

Un espacio histórico de poder y conflicto

Desde las guerras del Peloponeso y las púnicas hasta la guerra de convoyes de la Segunda Guerra Mundial, pasando por las cruzadas, Lepanto o Trafalgar, el Mediterráneo ha sido siempre una encrucijada de civilizaciones e imperios: un escenario de pugnas constantes por el poder. A todo esto cabe sumar los mares adyacentes ―casi mediterráneos― como el Negro o el Rojo, que en los últimos años han sido epicentro de conflictos tan relevantes como los de Ucrania o Gaza, con derivadas hacia Irán.

La primera conclusión es clara: el Mediterráneo está condenado ―o destinado― a ser un espacio de conflicto, por su ubicación privilegiada, independientemente de la época o de las potencias implicadas. No es casual que los grandes teóricos de la geopolítica mundial le hayan otorgado un excepcional protagonismo. Tanto Halford Mackinder como Nicholas Spykman subrayan la importancia de una zona que llaman, respectivamente, inner crescent y Rimland. Esta franja se extiende por toda la cuenca mediterránea, de la península Ibérica a Oriente Próximo, pasando por Italia y Grecia, e integrando las grandes islas (Mallorca, Córcega, Cerdeña, Sicilia y Creta). A partir de ahí, su interés geopolítico sigue proyectándose hacia el este.

Para Mackinder, en Democratic Ideals and Reality (1919), el Mediterráneo es un cinturón defensivo que protege a los países del Heartland, pero también puede convertirse en la cabeza de puente ideal si se pierde su control. Spykman, en The Geography of the Peace (1944), va aún más lejos: quien domine el Rimland dominará el Heartland y, por extensión, el mundo. Dicho de otra forma: el Mediterráneo contiene la clave del orden global.
Esta es la teoría, pero ¿qué pasa sobre el terreno?

Un mar que une…

Spykman no solo delimita espacios, sino que analiza sus consecuencias. Llega a afirmar que África «comienza» en el sur del Sáhara, de modo que ambas orillas del Mediterráneo formarían un único espacio geopolítico, con más similitudes que diferencias en términos de clima, mentalidad y economía.

Históricamente, el corredor mediterráneo ha sido un cordón umbilical que ha facilitado el comercio de oeste a este. Henri Pirenne, en De Mahoma a Carlomagno (1970), sostiene que el Mediterráneo permitió la supervivencia del espíritu romano mucho más allá de la caída formal del Imperio (476). Las cruzadas, pese a su mala fama, mantuvieron abierta esa ruta hasta la caída de Constantinopla casi mil años después. Pirenne llama Rumanía a esta cultura mediterránea que perduró durante siglos.

Por su parte, Christopher Dawson, en Los orígenes de Europa (1931), coincide en que es difícil hablar de una sola Europa, pero todavía es posible hablar de una «unidad cultural mediterránea», gracias a la penetración mucho más profunda de la lógica grecorromana en las orillas del mar que en el centro y norte del continente. Esto permitiría, al menos en la cuenca mediterránea, una verdadera unidad cultural con proyección política y geopolítica.

… pero también un mar que separa

Pese a estos argumentos, el Mediterráneo también separa. En la actual disputa por la hegemonía mundial entre una potencia que no quiere ceder el liderazgo (Estados Unidos) y otra que aspira a asumirlo (China), con Rusia como tercer actor que busca compensar las limitaciones de sus puertos glaciares con una salida a aguas cálidas, el Mediterráneo sigue siendo un espacio central. Y eso a pesar de que ninguna de estas potencias sea mediterránea ni europea.

Incluso si Rusia perdiera influencia, el Mediterráneo seguiría siendo una ruta imprescindible de la Nueva Ruta de la Seda marítima china, que atraviesa Malaca, Bab el Mandeb y Suez antes de llegar a los grandes puertos del norte de Europa (Róterdam, Amberes, Hamburgo). A pesar de la extensa red ferroviaria china hacia Europa, el mar sigue dominando el comercio mundial, tal y como ya anticipó Mahan en La influencia del poder naval en la historia (1890). Los datos de la ONU lo confirman: el 80-85 % del volumen de mercancías mundial se transporta por mar, equivalente al 70-75 % de su valor.

Esta realidad, en un contexto de rivalidad entre grandes potencias, es potencialmente conflictiva. No es un fenómeno nuevo. Napoleón intentó controlar el Mediterráneo con una cadena de bases; los británicos lo consiguieron con su tríada (Gibraltar, La Valeta, Alejandría); la VI Flota Estadounidense opera desde Rota hasta Suda, y China ha logrado posiciones clave en el Pireo, Venecia, Génova, Valencia o Cherchell. Asimismo, el corredor de transporte norte-sur ruso-indio, que pasa por Irán, también afecta al Mediterráneo.
A todo esto se le añade el papel creciente de Turquía, impulsado por el neootomanismo de Erdogan y con presencia militar en Somalia, Catar y Libia. El futuro turco es incierto: ¿seguirá en la OTAN? ¿Entrará en los BRICS? ¿Se distanciará definitivamente de la UE? ¿Se acentuará su reislamización? Es probable que todas estas dinámicas avancen en paralelo, con una Turquía ambigua, lejos de la UE, cercana a Rusia y sensible al mundo musulmán.

Castillo medieval de Kyrenia, Chipre. Foto: Kirillm / GettyImages.
Castillo medieval de Kyrenia, Chipre. Foto: Kirillm / Getty Images.
Un buceador explorando un avión de combate a hélice de la Segunda Guerra Mundial hundido en el fondo del mar Egeo, isla de Naxos, Grecia

Un espacio de fronteras múltiples

El Mediterráneo es un mar de todos y, a su vez, una inmensa frontera. En él confluyen tres continentes (Europa, Asia, África), tres civilizaciones (occidental, ortodoxa, islámica) y tres grandes familias religiosas, de las que derivan seis religiones principales, todas hijas del Libro pero con relaciones a menudo tensas.

También es un espacio de encuentro ―y fricción― entre árabes, bereberes y turcomanos, todos suníes pero a menudo enfrentados por disputas doctrinales (wahhabitas versus hermanos musulmanes) o por una historia marcada por invasiones y resistencias.

Mapa actualizado de las religiones en el Mediterráneo. Mapa: WikimediaCommons / trad.AI.
Mapa actualizado de las religiones en el Mediterráneo. Mapa: WikimediaCommons / trad.AI.

Los retos actuales: tráfico, seguridad y porosidad

Este sustrato geopolítico tiene importantes implicaciones prácticas. El Mediterráneo es una ruta de tráficos lícitos, pero también ilícitos: drogas, armas, ideas y personas. A menudo, estos flujos están interconectados. Hace años que se observa una colusión creciente entre yihadismo y narcotráfico, primero en el Afganistán talibán, ahora en el Sahel y el Magreb. El tráfico de armas se asocia al de drogas, y ambos se vinculan al tráfico de ideas y personas. Las fronteras son más o menos porosas según qué intente atravesarlas, pero esto no es motivo para relajar su control, sino para afinar su estrategia.

El drama de los refugiados azota a Europa. En la imagen, refugiados sirios, afganos y africanos llegando a Lesbos después de haber partido de Turquía. Abril de 2016. Foto: AnjoKanFotografie / GettyImages.
El drama de los refugiados azota a Europa. En la imagen, refugiados sirios, afganos y africanos llegando a Lesbos después de haber partido de Turquía. Abril de 2016. Foto: AnjoKanFotografie / GettyImages.
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